VISITANDO A NUESTRA MADRE DE GUADALUPE
Viernes 18 de Junio de 2010
Homilía de Mons. Eduardo P. Patiño Leal, Obispo de Córdoba
PEREGRINACION DE LA DIOCESIS DE CORDOBA
A LA BASILICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
17 de Junio 2010
Xº Aniversario de nuestra Diócesis
FOTOGALERIA: Para ver fotos ver el Portal de la Basílica, en el siguiente enlace:
http://www.virgendeguadalupe.org.mx/fotogalerias/2010_diocesis_cordoba/diocesis_cordoba_2010.htm
CANTO DE JOVENES DE NARANJAL:
Para traernos y mostrarnos el amor infinito de su Hijo, María se hizo misionera trayendo la luz y la alegría, la flor y el canto a este cerro del Tepeyac. Apenas hace dos semanas meditaba la palabras del Santo Padre Benedicto XVI, en torno al evangelio de la Visitación de María a su prima santa Isabel, el mismo pasaje evangélico que nos transmite San Lucas y acabamos de escuchar. En efecto, en este gesto de María – decía el Papa Benedicto: “reconocemos el ejemplo más límpido y el significado más verdadero de nuestro camino de creyentes y del camino de la Iglesia misma. La Iglesia, por su naturaleza, es misionera, está llamada a anunciar el Evangelio en todas partes y siempre, a transmitir la fe a todo hombre y mujer, y en toda cultura.”
Como Iglesia diocesana de Córdoba, hemos escuchado el llamado del Espíritu Santo, a retomar el camino del encuentro diario con el Señor, de la conversión decidida, de la adhesión viva a la comunión eclesial y de nuestro compromiso para con este mundo que tanto necesita de Dios, aun sin darse cuenta. Con frecuencia los cristianos sabemos y volvemos a constatar que “estos tiempos son malos”, y sin embargo, somos llamados a ser “sensatos y aprovechar bien el momento presente”: descubriendo cada día cuál es la voluntad del Señor y dejándonos llenar de su Espíritu Santo (cf. Efesios 5, 16s).
Iniciando un segundo decenio de vida diocesana y un nuevo plan de pastoral, nos hemos trazado un camino a recorrer juntos, para hacer de nuestra diócesis y de cada comunidad y familia, una “Iglesia Misionera” , una “Iglesia de Esperanza”. Por ello, el ejemplo de María que visitó a Isabel y nos visitó a los mexicanos aquí en el Tepeyac, ilumina nuestro horizonte y nos indica el camino a seguir tras sus huellas misioneras. Retomemos la reflexión del Santo Padre:
«En aquellos días se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lc 1, 39). El viaje de María – dice el Papa - es un auténtico viaje misionero. Es un viaje que la lleva lejos de casa, la impulsa al mundo, a lugares extraños a sus costumbres diarias; en cierto sentido, la hace llegar hasta confines inalcanzables para ella. Está precisamente aquí, también par a todos nosotros, el secreto de nuestra vida de hombres y de cristianos. Nuestra existencia, como personas y como Iglesia, está proyectada hacia fuera de nosotros. Como ya había sucedido con Abraham, se nos pide salir de nosotros mismos, de los lugares de nuestras seguridades, para ir hacia los demás, a lugares y ámbitos distintos. Es el Señor quien nos lo pide: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Y también es el Señor quien, en este camino, nos pone al lado a María como compañera de viaje y madre solícita. Ella nos tranquiliza, porque nos recuerda que su Hijo Jesús está siempre con nosotros, como lo prometió: «Yo estoy con vosotros todos lo días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
También en aquí en el Tepeyac, María nos tranquiliza con la cercanía de su bendito Hijo y de su regazo materno siempre abierto, cuando decía al indio San Juan Diego:
“¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
¿No estás bajo mi sombra y resguardo?
¿No soy yo la fuente de tu alegría?
¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?
¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”
A todos los fieles de nuestras parroquias el ejemplo de María nos invita también a salir, a ponernos en camino y llevar a los demás la Buena Nueva de la presencia de Jesús. Nos hacemos “Iglesia Misionera”, porque estamos convencidos del tesoro que llevamos en vasos de barro y que puede transformar la vida de todo aquél que cree. Como María, nos queremos poner en camino para llevar el mensaje de Jesús: “Es un afán y un anuncio misioneros que tienen que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad. (Doc. Aparecida, 550).
Pero la misión tiene un claro objetivo, manifestar la caridad eficaz y compartir la riqueza de Jesucristo nuestra Esperanza. Así, – continúa el Papa - : “El evangelista anota que «María permaneció con ella (con su prima Isabel) unos tres meses» (Lc 1, 56). Estas sencillas palabras revelan el objetivo más inmediato del viaje de María. El ángel le había anunciado que Isabel esperaba un hijo y que ya estaba en el sexto mes de embarazo (cf. Lc 1, 36). Pero Isabel era de edad avanzada y la cercanía de María, todavía muy joven, podía serle útil. Por esto María va a su casa y permanece con ella unos tres meses, para ofrecerle la cercanía afectuosa, la ayuda concreta y todas las atenciones cotidianas que necesitaba. Isabel se convierte así en el símbolo de tantas personas ancianas y enfermas, es más, de todas las personas que necesitan ayuda y amor. Y son numerosas también hoy, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras ciudades. Y María —que se había definido «la esclava del Señor» (Lc 1, 38)— se hace esclava de los hombres. Más precisamente, sirve al Señor que encuentra en los hermanos.”
“Pero la caridad de María no se limita a la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen dando a Jesús mismo, «haciendo que lo encuentren». Es de nuevo san Lucas quien lo subraya: «En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno» (Lc 1, 41). Nos encontramos así en el corazón y en el culmen de la misión evangelizadora. Este es el significado más verdadero y el objetivo más genuino de todo camino misionero: dar a los hombres el Evangelio vivo y personal, que es el propio Señor Jesús. Y comunicar y dar a Jesús —como atestigua Isabel— llena el corazón de alegría: «En cuanto llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1, 44). Jesús es el verdadero y único tesoro que nosotros tenemos para dar a la humanidad. De él sienten profunda nostalgia los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, incluso cuando parecen ignorarlo o rechazarlo.
Hoy en este nuevo cenáculo, con María y como Iglesia peregrina en Córdoba, queremos depositar en manos del Señor todas nuestras preocupaciones y nuestras esperanzas, comprometiéndonos a hacer lo mejor de nuestra parte, para que su Reino se haga realidad en medio de nosotros. Con María suplicamos un nuevo Pentecostés para que todos: obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, y todos los fieles y apóstoles laicos reavivemos el Don de Dios, el Espíritu de la Verdad, que nos conduzca en la unidad a dar testimonio valiente de Cristo y de su Evangelio.
Que este Espíritu nos impulse como a María a ser misioneros. Que María nuestra Madre nos anime como a San Juan Diego a ser mensajeros suyos “muy dignos de confianza”. Para que todos sean uno, para que el mundo crea, para que seamos testigos de esperanza.
Agradecemos al Señor por la gracia y entusiasmo que nos ha dejado a través de la reciente visita pastoral del Excmo. Sr. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en nuestra patria, con ocasión de nuestro décimo aniversario. Ha sido una magnífica experiencia eclesial que seguramente habrá de dar muchos nuevos frutos.
Agradecemos también al Señor por el Año Sacerdotal que acabamos de vivir, por los procesos de purificación al interno de la Iglesia que se han dado, por la toma de conciencia sobre la estima y oración del pueblo cristiano a favor de los sacerdotes y las vocaciones, por el despertar de las vocaciones que el Señor a manos llenas sigue sembrando en el campo de la Iglesia. Seguiremos poniendo todo nuestro empeño en pedirlas al Padre, Dueño de la mies, empeño por descubrirlas y alentarlas.
Seguiremos pidiendo al Señor por nuestros hermanos sacerdotes: La fe de los indígenas convertidos y de Juan Diego reconocía en los frailes sacerdotes misioneros la presencia de Cristo, llamándolos “imágenes de Nuestro Señor”. Y nuestro pueblo sigue amando y creyendo en sus sacerdotes: espera de ellos lo que Jesús el Buen Pastor quiere de ellos. Y nosotros los sacerdotes sabemos que tenemos el sagrado deber de no defraudar la confianza de nuestros hermanos laicos, ni la confianza que el mismo Dios puso en nosotros. Más bien buscaremos responderle con fidelidad alegre y valiente, unidos y apoyados en la fraternidad sacramental, y haciéndonos testigos vivos de los valores del Reino, y de la autenticidad del Evangelio, manteniéndonos unidos: “para que el mundo crea”.

