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S. E. Eduardo Porfirio Patiño Leal

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PASCUA QUE REJUVENECE NUESTRA IGLESIA

PASCUA QUE REJUVENECE NUESTRA IGLESIA

Viernes 9 de Abril de 2010

La Semana Santa 2010 que vivimos hace días resultó para mi algo contrastante y paradójico.

De hecho, ya se ha venido haciendo costumbre que algunas cadenas televisivas aprovechan la Semana Santa para transmitir documentales de episodios bíblicos, algunos veraces y fundamentados, pero otros muy parciales, o falsos o fantasiosos, y algunos decididamente contrarios a la fe católica, si bien, buscan apoyarse en lo sensacionalista: que el código Da Vinci, que el denominado “evangelio de Judas”... fueron muy anunciados y pasaron al olvido.

Pero esta vez, los medios internacionales lanzaron acusaciones contra la Iglesia Católica y particularmente contra la rectitud de la trayectoria del Santo Padre Benedicto XVI.  Pareciera que se hubieran puesto de acuerdo, sacando medias verdades en torno a diversos casos de delitos perpetrados por miembros del clero, situaciones que todos lamentamos, condenamos y debemos hacer todo lo posible por evitar que sucedan, no sólo al interno de la Iglesia, sino en cualquier otro ámbito de la sociedad.  Los medios estuvieron dando a conocer muchos datos de largas y complejas historias, pero omitían situaciones y procesos, quizás involuntariamente o – según va saliendo a la luz – más bien a propósito, situaciones que de haberse publicado junto a los demás datos, cambiarían sustancialmente la realidad de cada decisión tomada por las autoridades judiciales competentes.  Tenemos la certeza de que la verdad habrá de imponerse tarde que temprano.   

Los casos reales de abuso sexual cometidos por algunos sa­cerdotes, como han repetidamente señalado los Papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, deben denunciarse, castigarse y repararse.  Pero sería gravemente injusto extender un velo de sospecha sobre el ministerio de otros mu­chos sacerdotes que viven de modo ejemplar su apostolado, dañando su credibilidad y la labor pastoral que desempeñan.  Es también injusto focalizarse solamente sobre los casos al interior de la Iglesia Católica, sin denunciar y urgir que se haga justicia de tantos otros casos que se dan en otras instituciones y en la sociedad en general.

En contraste con lo anterior, están las múltiples experiencias de la Semana Santa de los creyentes, muchas de las cuales fueron seguidas por los medios locales.  La Fe que se desbordó en las calles de nuestras ciudades y pueblos.   Muchos sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos misioneros, fuimos testigos del seguimiento respetuoso y lleno de fe de muchos católicos que llenaron los templos y capillas, o recorrieron los caminos para recordar el amor de Jesús, al recordar la Última Cena, o en la adoración de la Eucaristía, o en el las meditaciones de la Pasión y los Viacrucis.

El sábado previo al Domingo de Ramos tuve la alegría de enviar desde la Iglesia Catedral a cerca de 140 jóvenes que junto con otros 45 laicos decidieron compartir su fe en las comunidades rurales más alejadas.  Más grande la alegría al verlos contentos y satisfechos, habiendo cumplido su misión, al reencontrarlos a su regreso el Domingo de Pascua de nuevo en nuestra Catedral. 

Damos además gracias a Dios, por los jóvenes y adultos catecúmenos de varias parroquias que recibieron la Iniciación Cristiana con el Bautismo, el Sábado Santo en la Vigilia Pascual.   Tuve el privilegio de bautizar a cuatro jóvenes en la Catedral.  Como otros años, pude acompañar a 103 jóvenes reunidos en la Casa de Emaús en el segundo Pre-Seminario de este ciclo escolar.  Auguro – ahora que escribo estas líneas – que también en el Pre-Vida habrán participado muchas jovencitas, por quienes oramos.

Sabemos que no todos, ni siquiera la mayoría, entrarán al Seminario o a la vida consagrada – “muchos son los llamados, y pocos los escogidos” –; sin embargo, todos ellos son jóvenes inquietos, que sienten el ansia de infinito, el deseo sincero de servir a Dios no importa en qué vocación específica descubran para su realización personal, pero eso sí, todos y todas viviendo a plenitud su vocación bautismal, haciéndose discípulos y misioneros de Cristo, para ofrecer al mundo la esperanza que tanto anhela.

Después de haber vivido la Semana Santa, la Iglesia prolonga la alegría del Señor Resucitado en estos 50 días del Tiempo Pascual que culminarán en la Fiesta de Pentecostés.  La Cincuentena Pascual nos evoca las “siete semanas” que distaban entre la pascua hebrea y la fiesta de la entrega de la Ley de Dios o Toráh.  Pero para los primeros discípulos estos cincuenta días significaron algo totalmente insospechado, tuvieron el reencuentro personal con el Señor Jesús Resucitado, quedando transformadas para siempre sus vidas, al convivir con él cuarenta días y esperando diez días más en oración la llegada del Espíritu Santo Consolador.  De la experiencia de estos encuentros con el Señor resucitado y de la oración en unión con María y los demás discípulos, la Iglesia naciente salió al mundo con un vigoroso dinamismo que nadie podrá parar. El Espíritu Santo la acompaña para cumplir con la misión evangelizadora de Jesús, misión que no terminará hasta que regrese el Señor glorioso.

Para los que vivimos con fe la Semana Santa 2010, la Pascua fue una experiencia que nos renovó y nos hizo rejuvenecer.   Que estos 50 días pascuales, que los Padres de Oriente llamaban el Gran Domingo, sea para toda nuestra diócesis un caminar en el Espíritu Santo, adentrándonos en el “misterio” de la presencia del Señor en nuestras vidas, a través de su Palabra y los Sacramentos.

 ¡Que Cristo nuestra Pascua sea hoy y siempre nuestra fortaleza, nuestra juventud y nuestra alegría! Dios los bendiga a todos.