María nos vino a mostrar al Verdadero Dios por quien se vive.

PEREGRINACION DE LA DIOCESIS DE CORDOBA
A LA BASILICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Homilía de Mons. Eduardo P. Patiño Leal, Obispo de Córdoba
8 de junio de 2017 – Fiesta de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote

Queridos hermanos:

Dios nos permite la gracia de poder visitar año con año a nuestra santísima Madre María de Guadalupe, y adorar con todo el corazón a su Hijo Jesucristo, el mismo que ella quiso manifestar en las laderas del Tepeyac. Es una alegría visitar de nuevo esta “casita” venerada donde los fieles de México y del mundo entero acudimos a contemplar su bendita imagen, plasmada milagrosamente en la humilde tilma del indio San Juan Diego.

Nuestro corazón se llena de inmensa gratitud a Dios y a María, porque fuimos – y seguimos siendo – destinatarios de la ternura y la misericordia del Señor, de la verdad y unidad de su proyecto de vida para con nosotros. Este designio de salvación se hizo presente en sus apariciones y su mensaje – nos vamos acercando a los 500 años desde aquel 1531 – pero su gracia también se sigue prolongando en su imagen: en la ternura de sus ojos y su compasiva mirada; en la prolongada súplica de sus manos orantes; su imagen nos sigue enseñando la verdad del plan maravilloso de Dios, que funde en armonía las flores, ríos y montes de su túnica rosada; con las manos del ángel mensajero que une en sus extremos, a la madre tierra con el universo de estrellas de su manto azulado. Como la mujer anunciada en el Apocalípsis: la contemplamos “revestida del sol, con la luna bajo sus pies” (Ap. 12,1). La flor de cuatro pétalos, que dignifica su seno, señala a Jesucristo por nacer, el fruto bendito de su vientre, el Sol de justicia que ella, la doncella – encinta, custodia y nos ofrece, para que también nosotros nos dejemos iluminar con las palabras liberadoras de su Evangelio.

HERMANOS: No venimos aisladamente, sino unidos como Iglesia peregrina: muchas familias y grupos de comunidades parroquiales, nos acompañan muchos de nuestros hermanos sacerdotes, religiosas y seminaristas. Nuestra peregrinación coincide con la significativa fiesta de Jesús Sumo y Eterno Sacerdote, razón de más para felicitar y orar hoy por nuestros hermanos sacerdotes y por las vocaciones. Para encomendar a Jesús Sacerdote – el Buen Pastor – y a su querida Madre, María de Guadalupe, las primicias de un nuevo capítulo en la historia de nuestro Seminario del Buen Pastor, que está por iniciarse con el funcionamiento de su etapa del Teologado, el próximo 4 de Agosto. Que ella nos ayude a forjar el corazón de muchos y muy santos sacerdotes, que palpiten con los mismos sentimientos de Cristo su Hijo, el Buen Pastor.

Nuestra Madre María de Guadalupe, se manifestó de modo excepcional como evangelizadora para tocar el corazón de todos los habitantes de estas tierras que vivían “en uno” y mostrarles el infinito amor y misericordia de su Hijo, Jesucristo, el “verdaderísimo Dios por quien se vive”. Ella actúa y se dispone como la “servidora” de la mediación sacerdotal de su Hijo. Ella es la portadora de la alegría y la paz en su presurosa visita, contagiando con su saludo a su prima Isabel y al mismo Juan Bautista que saltó de alegría en su vientre. María se convirtió entonces como en una nueva Arca de la Alianza, llevando en su bendito seno al que uniría definitivamente a la humanidad con el mismísimo Dios: a JESÚS, sumo y eterno sacerdote que con una “sola oblación” santificó a muchos. En efecto:

“Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único Sacrificio, se sentó para siempre a la derecha de Dios…, Y así, mediante una sola oblación, él ha perfeccionado para siempre a los que santifica. (Hebreos 10, 12ss.)

De este Jesús hermanos, la Escritura en la Carta a los Hebreos nos lo presenta con dos cualidades fundamentales: es un sacerdote, mediador perfecto entre Dios y los hombres, primero porque es acreditado y digno de fe, por su fidelidad a la verdad del plan de su Padre Dios, y segundo porque es compasivo y misericordioso, él es un mediador que sabe y acepta sufrir por sus hermanos.

“Convenía, en efecto, que aquel por quien y para quien existen todas las cosas, a fin de llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionara, por medio del sufrimiento, al jefe que los conduciría a la salvación… Por eso, él no se avergüenza de llamarlos hermanos”. (Hebreos 2, 10-18)

“En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y digno de fe en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba.”

Jesús – amados hermanos – “no se averguenza de llamarnos HERMANOS”… tanto nos ama que aceptó ser sometido a prueba y morir por nosotros. Y quiere ayudar a todos nosotros que estamos “sometidos a múltiples pruebas”.

María de Guadalupe – hermanos – venía a abrir nuestros ojos a la verdad. El verdadero Dios, no era una divinidad que quisiera o necesitara de la sangre ni los corazones que los antiguos le ofrecían en sacrificio desde las altas priámides. Más bien al revés.

El Dios que nos anunció nuestra Madre María, es por el contrario, el Dios que por amor, se entregaba por nosotros, compadeciéndose de los pecados, que nos destruían y destinaban a la muerte: se hizo hombre y dio la vida por cada uno de nosotros en la Cruz, pero también… RESUCITÓ y SIGUE TODOS LOS DÍAS VIVO ENTRE NOSOTROS. Acabamos de celebrar los 50 días plenos de la Pascua en los que el don del Espíritu Santo nos lo ha hecho más intensamente actual y vivo en nosotros por la fe y los sacramentos. Sí, hermanos, el Dios que vino a anunciar María es el “Dios por quien se vive”, es Dios de vida y nunca alguien que permita o apruebe la muerte fratricida, como la del justo Abel, asesinado por mano de Caín, su propio hermano.

Los veracruzanos, como otras familias de México y del mundo, hemos estado siendo testigos de desprecio por la vida, desprecio por el sagrado significado del cuerpo humano, como los despojos que luego se arrojan en nuestras carreteras, cañales o ríos. Cuerpos que ante el Creador son siempre sagrados, porque son la dimensión corpórea de nuestra alma inmortal, templo de Dios, que siempre seguirá reclamando, justicia, verdad, paz y la esperanza de la vida eterna en plenitud. Y viene muy bien aquí la advertencia del apóstol Pablo: “Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo.” (1 Corintios 3, 17). A todos los que hacen el mal les decimos: busquen la misericordia y el perdón del Señor, mientras tienen aún tiempo, arrepiéntanse, apártense del mal, busquen la paz y corran tras ella.

Vean el inmenso dolor de las almas heridas, de las madres y familiares que han visto desaparecidos o asesinados a sus hijos. Nos duele la angustia dramática de las familias que son extorsionadas o secuestradas. Nos duelen los enfermos que no tuvieron asistencia por la ambición criminal de quienes lucraron robando fondos públicos. Nos duelen los negociantes de la muerte que envenan con drogas, adicciones y falsas esperanzas a nuestros jóvenes. Nos duelen las autoridades que debían cuidar y proteger, pero se dejaron corromper, corrompieron y arruinaron el futuro de tantos hogares.

Son tantas situaciones que nos duelen y preocupan. Tantas heridas hay que requieren el bálsamos del consuelo, el perdón, la reconciliación y la paz. Por eso queremos con María, asociarnos a su Hijo Jesucristo y vivir el sacerdocio real que nos compartió a todos los cristianos en nuestro Bautismo. Para con los hermanos presbíteros, quiero también invitarlos a refrendar nuestro compromiso de unir nuestra debilidad al servicio del Sacerdocio único de Jesús, que se prolonga a través de nuestra colaboración en su ministerio a favor de todo el pueblo, cargando este tesoro en vasijas de barro.

SIGAMOS – hermanos – a JESÚS: él nos ha amado tanto y nos sigue brindando la oportunidad de su mediación segura, y nos invita a recorrer el CAMINO QUE ÉL ESTRENÓ, como dice la Carta a los Hebreos:

“Por lo tanto, hermanos, tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne. También tenemos un Sumo Sacerdote insigne al frente de la casa de Dios. Acerquémonos, entonces, con un corazón sincero y llenos de fe, purificados interiormente de toda mala conciencia y con el cuerpo lavado por el agua pura. Mantengamos firmemente la confesión de nuestra esperanza, porque aquel que ha hecho la promesa es fiel. Velemos los unos por los otros, para estimularnos en el amor y en las buenas obras.” (Hebreos 10,19)

Junto con nuestras súplicas y la renovación de nuestro compromiso, HAY TANTO BUENO QUE AGRADECER: tantas cosas bellas en nuestras familias, tantos milagros y cercanía de nuestra Madre, tanto acompañamiento de María a nuestra diócesis de Córdoba, que está por cumplir sus 17 años. Ella como a Juan Diego nos sigue animando a ser sus “mensajeros muy dignos de confianza” y a contar con su constante cercanía:

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? (Nican Mopohua).

Dejemos bajo su mirada y en su regazo nuestras preocupaciones, en silencio permitámosle que el Espíritu de Jesús Resucitado nos conforte y anime, encomendándole cuanto ya el Padre bien conoce. – (Silencio)