Culminando el Año de la Misericordia entre luces y sombras, pero…

Culminando el Año de la Misericordia

entre luces y sombras, pero…                                                                                                                                                                                                           ¡¡ La Misericordia del Señor no tiene fin !!

Lamentaciones 3,22

חַֽסְדֵ֤י יְהוָה֙ כִּ֣י לֹא־תָ֔מְנוּ כִּ֥י לֹא־כָל֖וּ רַחֲמָֽיו׃

חֲדָשִׁים֙ לַבְּקָרִ֔ים רַבָּ֖ה אֱמוּנָתֶֽךָ׃

A TODOS LOS PRESBITEROS, A LOS MIEMBROS DE INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y A TODOS LOS FIELES DE NUESTRA DIOCESIS: GRACIA Y PAZ.

La vivencia del Año Jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, extendiéndose desde el 8 de diciembre de 2015 hasta el 20 de noviembre de 2016, va llegando a su culminación. Estamos por concluir este tiempo especial de gracia, se nos acaba el Año de la Misericordia, pero … “la Misericordia del Señor nunca termina, y nunca se acaba su Compasión; al contrario, cada mañana se renuevan:    ¡Qué grande es tu fidelidad!”    (Lam. 3,22s).

Según quedó establecido desde su Convocatoria, la clausura de este Año Jubilar se tendrá en todas las catedrales del mundo: el Domingo 13 de noviembre, previo a su clausura en Roma, el Domingo 20 de noviembre, Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

El Papa Francisco pretendía que el Jubileo Extraordinario de la Misericordia fuese como “tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes”. Ha sido una oportunidad para que los católicos redescubramos el infinito amor misericordioso del Padre y acudamos con más confianza a Jesucristo, Rostro vivo de la Misericordia del Padre.

En reunión con el Consejo Presbiteral hicimos un primer balance de las experiencias vividas al interno de nuestra Iglesia diocesana. Destacando entre otros algunos aspectos y actividades:

  • Los fieles han redescubierto el Evangelio de la Misericordia como eje central de nuestra vida cristiana, gracias a catequesis, semanas bíblicas, encuentros de oración tenidos en las parroquias, capillas y decanatos. Generando una convicción y un compromiso más fuertes en la práctica de las obras de misericordia corporales y espirituales. Algunas comunidades y colegios ofrecieron obras muy concretas a personas enfermas o que tienen grandes carencias.
  • Los hermanos sacerdotes hicimos un esfuerzo especial para estar más disponibles a brindar el Sacramento de la Confesión, acercando a muchos fieles la oportunidad de abrirse a la esperanza, confiando en la infinita ternura de Dios, recibiendo la alegría del perdón y decidiéndose a favor de una conversión más genuina al Evangelio.
  • Los pastores junto con laicos comprometidos, ejercitamos la pastoral del consuelo y la reconciliacion con las familias que sufrieron situaciones de violencia, desapariciones o muerte de seres queridos.
  • Muchas familias y grupos apostólicos expresaron su ser Iglesia que camina en la fe, peregrinando desde sus comunidades, parroquias o decanatos a la Catedral o a las otras seis sedes designadas para orar, cantar las misericordias del Señor, celebrar los sacramentos y recibir el don de la indulgencia jubilar.
  • Sacerdotes y laicos tuvimos jornadas de estudio sobre la Exhortación del Papa Francisco “La Alegría del Amor” reforzando las actitudes para acompañar, discernir y animar a todos los miembros del núcleo familiar, de modo que puedan descubrir y crecer en el proyecto amoroso de Dios para con ellos.

Esperamos que todos estos esfuerzos y vivencias no queden como hechos aislados o recuerdos del pasado, sino sean semillas fuertes que hagan germinar nuevos encuentros de los jóvenes, niños y adultos con Jesucristo nuestro Salvador. Esperamos y confiamos que el Espíritu Santo seguirá haciendo resonar en nuestros corazones el mandato – invitación de Jesús: “Sean misericordiosos como el Padre” (cf. Lc 6,36) y que esto se prolongue a lo largo de toda nuestra vida.

Estamos concluyendo el Año de la Misericordia entre

LUCES y SOMBRAS,  ANGUSTIAS y ESPERANZAS:

Quienes integramos la Iglesia, nos reconocemos pecadores, siempre llamados a conversión. La intención del Papa Francisco fue que pudiera llegar el consuelo del perdón y el inicio de una vida nueva en la justicia, la verdad y la paz para todos sin excepción, incluso para los más alejados.

Por eso estuvimos y seguimos orando por los “hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por su bien – los interpelaba el Papa Francisco – les pido cambiar de vida…. En el nombre del Hijo de Dios que, si bien combate el pecado, nunca rechaza al pecador” (Mis.Vultus, 19a).   Solo Dios sabe quiénes aprovecharon y se dejaron tocar por la gracia de Dios.

Lamentablemente, los hechos de violencia, secuestros y desaparecidos, fueron aumentando entre nosotros conforme pasaron los últimos meses.   Estos crímenes siguen clamando a Dios justicia, por el dolor y el luto de tantas familias, si bien reforzamos nuestra convicción de que Dios Padre los sigue esperando, para que dejen de hacer el mal, cambien de vida y, pagadas sus deudas con la sociedad, puedan retomar una vida digna.

También el Papa Francisco hacía un llamado a “las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.” (Mis.Vultus. 19b).

A la luz del desolador panorama que estamos viviendo los veracruzanos en el ámbito social, económico y político, con el desenlace vergonzoso de este sexenio, estas palabras del Papa que hace un año comentamos, resultan ahora más acuciantes: nos llaman a reflexionar sobre su certero diagnóstico del cáncer social de la corrupción, y nos deben motivar a poner los remedios indispensables para erradicarlo. Los veracruzanos necesitamos abrir una ventana que nos haga respirar esperanza, a través de acciones claras y contundentes en el ejercicio de la justicia, acciones de reconstrucción del tejido social, el saneamiento de las estructuras gubernamentales y el funcionamiento de todas las instituciones.

Las autoridades civiles de los tres niveles de gobierno deben sentirse comprometidas en ayudar a los ciudadanos a reconstruir y recuperar la confianza de todas las familias.

Los responsables de los millonarios desfalcos y malversación en los organismos del Gobierno del Estado tienen que enfrentar la verdad y la justicia conforme lo preveen las leyes. Quienes hayan robado o defraudado, deben saber que no les bastará arrepentirse ante Dios, si esto no va acompañado de la restitución de todo lo que se despojó a familias, pensionados, estudiantes y – sobre todo – al pueblo más marginado a quien se le arrebató la posibilidad de trabajo, obras y medios que los mismos programas de gobierno preveían para ellos.

En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario: Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: “Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc 19, 8). Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente de ese bien. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o que se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2412).

A toda la sociedad se le debe restituir la seguridad, la salud, el trabajo y la confianza en las instituciones, como camino necesario para restaurar una convivencia social democrática y una vida digna para todos.

Quienes despertamos cada día con la trágica injusticia que estamos viviendo, podríamos hacer nuestras las palabras del Libro de las Lamentaciones: (Lam, 3, 17ss-36) :

Ya no hay paz para mi alma, me olvidé de la felicidad.

Por eso dije: “Se ha agotado mi fuerza y la esperanza que me venía del Señor”.

Recordar mi opresión y mi vida errante es ajenjo y veneno.

Mi alma no hace más que recordar y se hunde dentro de mí.

Pero me pongo a pensar en algo y esto me llena de esperanza:

La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión;

ellas se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!

El Señor es mi parte, dice mi alma, por eso espero en él.

El Señor es bondadoso con los que esperan en él, con aquellos que lo buscan.

Es bueno esperar en silencio la salvación que viene del Señor.

Porque el Señor nunca rechaza a los hombres para siempre.

Si aflige, también se compadece, por su gran misericordia.

 

Cuando se conculca el derecho de un hombre ante el rostro del Altísimo;

cuando se perjudica a alguien en un pleito, ¿acaso no lo ve el Señor ?

¡Examinemos a fondo nuestra conducta y volvamos al Señor!

Levantemos en nuestras manos el corazón hacia el Dios del cielo.

 

Hermanos los invito:

  1. A unirnos en oración, agradeciendo los dones de este Año de la Misericordia y suplicando al Señor el don de una sociedad que camine en la verdad, la justicia, el diálogo y la paz.
  2. Especialmente entre el jueves 10 al sábado 12 de noviembre, a través de Horas Santas, momentos de adoración y celebración de Confesiones en horarios que los párrocos consideren más oportunos para los fieles.
  3. A celebrar en las misas dominicales del Domingo 13 de Noviembre la clausura del Año Jubilar tanto en la Catedral de la Inmaculada (con representación de delegados de los decanatos, seminario, vida consagrada y jóvenes) como en las sedes que fueron designadas como metas de peregrinación, y en todas las demás parroquias y comunidades.

Dios los bendiga, ahora y siempre. Que María nuestra Madre, nos acompañe e interceda por nosotros.

Dado en la H. Ciudad de Córdoba de la Inmaculada, el día 3 de Noviembre de 2016, Año Jubilar de la Misericordia.

Su servidor y hermano en Cristo:

+ Eduardo P. Patiño Leal, Primer Obispo de Córdoba

Prot. Nº36/2016.

Conrado Prado García

Canciller – Secretario